Veinte años después

Estatua de Lola Flores John Lennon, Edith Piaf, Elvis Presley… Cada país cuenta con uno o varios cantantes icónicos. Han despertado admiración y, aún hoy, después de muertos continúan siendo considerados auténticos genios. España también cuenta con algunos artistas míticos pero ninguno tan excesivo, tan imperfecto y tan arrollador como ella: Lola Flores. Torbellino de colores, faraona y la paya más gitana de España. Mi Lola, su bata de cola y sus ojos de fuego.

Recuerdo como si fuera ayer aquel 16 de mayo de 1995. Lola llevaba muchísimo tiempo luchando contra el cáncer y aquella madrugada decidió que era ya el momento de partir. Yo desperté aquella mañana con la noticia y ya todo el día fui siguiendo con atención cada homenaje y cada muestra de cariño de sus muchos seguidores.

Lola tenía tantos defectos que necesitaría varias entradas para enumerarlos. Para empezar, no era una gran cantante, sólo correcta (“Ni canta ni baila pero no se la pierdan”). Sin embargo tenía algo tan diferente y tan suyo que poco importaba que hubiera mejores voces. Lola las devoraba como había devorado a su marido y también a sus hijos.

La sombra de Lola fue, y es, tan alargada que ninguno de sus descendientes ha podido encontrar su propio camino sin las inevitables referencias a su madre. El más talentoso de todos era también el más sensible. Antonio murió dos semanas después sin saber bien cómo continuar sin Lola.

Y, como según han contado ellas mismas, Lolita y Rosario continuaron como pudieron. La primera habló recientemente en una entrevista de su coqueteo serio con las drogas y el alcohol. También de sus deudas y de lo mucho que, en ese sentido, le debe a su hermana. Las dos han continuado con sus carreras con algún que otro éxito aunque con una trayectoria infinitamente más discreta que la que tuvo Lola Flores.

Veinte años después la vida sigue, claro. De Lola nos han quedado sus actuaciones y también mil imágenes y frases más. Imposible no acordarse del “si me queréis, irse” o de sus súplicas para que cada español aportara una peseta y conseguir así que ella pudiera saldar sus deudas con Hacienda. Imposible tampoco no recordar ‘El lerele’, aquel templo íntimo por el que pasaron artistas de todas las nacionalidades. La casa de Lola era donde se congregaba su tribu: su familia y sus amigos, sus muchos amigos. A Lola se la quiso y se la admiró siendo como era. Y yo, veinte años después de su muerte, no podía dejar pasar este aniversario. Veinte años después continúo escuchando sus canciones y si algún programa de televisión la recuerda lo sigo con atención. Pocas personas han conseguido despertarme esa fascinación.

Por el Teatro de la Villa de Madrid pasaron esos “mariquitas que me quieren mucho” y también muchas otras personas que la admiraron. Muchas de ellas dijeron que Lola no se había marchado, que nos dejaba su duende y su arte fuera de todo orden. Por algo es la Lola de España y por algo fue nuestra mejor embajadora. Por ello, y por su temperamento, su rabia desbocada y por mil cualidades más ha logrado la inmortalidad a la que otros muchos sólo pueden aspirar.

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