Nuevas formas, viejo rostro

Por @mpereztriano

Siguiendo una concepción cíclica de la historia, es fundamental la memoria para que los sucesos más horrendos de nuestro pasado no vuelvan a ocurrir. Por desgracia, estamos habituados a ver como las personas olvidan fácilmente y vuelven a caer en las mismas redes. Todas las encuestas prevén que esto pueda ocurrir en las próximas elecciones al Parlamento Europeo.

No son pocos los candidatos de diferentes partidos que han mostrado una creciente inquietud ante la posibilidad de que partidos populistas y euroescépticos puedan aumentar sensiblemente su representación en el corazón de Europa, llegando incluso a formar grupo propio. El propio Mariano Rajoy, esta misma semana, ha manifestado su temor por los que llama partidos “eurófobos”. Aunque es probable que no solo se refiera a los partidos de ultraderecha, la calificación parece bastante apropiada. Es precisamente eso, fobia a Europa, pánico a lo que representa la Unión Europea, lo que muestra la ultraderecha europea en su apocalíptica retórica.

El fascismo y el nacionalsocialismo surgieron en la Europa de entreguerras apelando al miedo. Una severa situación económica llevó a muchas personas a confiar en ideas extremas que triunfaron en buena parte del continente. Unos líderes mesiánicos, dominadores de la oratoria, condujeron a los europeos al totalitarismo y a la guerra. Aunque la situación actual, por numerosas razones, es diferente, a nadie se le escapa que ahora, igual que entonces, la ultraderecha agita la bandera del miedo para ganar adeptos en medio del desastre económico. De momento, según los sondeos, la estrategia les está saliendo redonda.

La marcha segura de la ultraderecha europea está siendo desigual y muy diversa, pues aunque esta ideología populista y extrema parece un cuerpo homogéneo, lo cierto es que, aunque presentan puntos en común (rechazo frontal a la inmigración, vuelta a las fronteras nacionales, salida del euro, retórica nacionalista…), son muchos los asuntos en los que estas formaciones mantienen diferencias de opinión notables. La crisis económica y la enorme desafección política crea un río revuelto ideal para pescar votantes.

En Francia parece estar al mayor exponente de estos movimientos. El Frente Nacional de Marine Le Pen encabeza las encuestas en la vecina república. Es un partido consolidado, que además disfruta del repunte que en los últimos años le ha dado el cambio de líder. La hija del fundador representa la nueva ultraderecha: una cara joven y amable y un discurso menos amenazador. El nacionalismo y el recelo hacia la “gente de fuera” están omnipresentes.

El UKIP (Partido para la Independencia del Reino Unido) británico también encabeza los sondeos en su país, por delante incluso del partido gobernante de David Cameron. Nigel Farage lidera este partido y ha dejando para la posteridad frases como: “No estoy en contra de que vengan inmigrantes, lo único que pido es que venga la gente adecuada”.

Otro de los principales exponentes de esta ideología es el holandés Geert Wilders, con el Partido de la Libertad. También forma parte de la nueva hornada de líderes ultras, que estratégicamente suavizan su discurso. El islam es el principal enemigo de esta formación, tanto que han llegado a proponer la prohibición del Corán en su país.

Otros representantes de la ultraderecha son el Jobbik y Amanecer Dorado, en Hungría y Grecia respectivamente. Son abiertamente nazis, sin ningún disimulo, además de homófobos, racistas y xenófobos. Todo recuerda al nacionalsocialismo: el duro discurso, la vestimenta marcial y las acciones violentas que han protagonizado muchos de sus miembros.

En España concurren a estas elecciones cinco partidos o coaliciones de ultraderecha, que cuentan con un apoyo irrisorio. Aunque habrá quien piense en el pasado franquista de algún que otro miembro del Partido Popular o del novísimo VOX, estas formaciones, por fortuna, están lejos de poder equipararse a las organizaciones ultraderechistas europeas anteriormente descritas.

Lo cierto es que el ascenso de este tipo de partidos (se han citado solo algunos relevantes casos) puede hacer tambalearse los cimientos de la Unión Europea. El objetivo real de estas formaciones es deshacer el camino andado y destruir desde dentro la unión política que ha traído los mayores años de paz, prosperidad y estabilidad al continente. Los grandes partidos no pueden instalarse en el inmovilismo, pues son urgentes reformas que hagan al pueblo volver a ilusionarse con el proyecto europeo. Para ello se necesita el resurgir de la alta política de antaño.

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