Hablemos de libertad

Por @Mari_Polin

600px-Rodolfo_walsh_argentina_curvas.svgNo voy a analizar los problemas a los que se enfrentan los periodistas en otros países. Más que nada, porque se me notarían las costuras al hablar de temas que no conozco salvo por lo que voy leyendo en los medios de comunicación. Para explicaros cómo está la situación y la caída de la libertad de prensa ya hay muchísima información al respecto (paradoja). Podéis haceros una idea con noticias como esta de El País.

No puedo, por tanto, ir más allá pero sí puedo hablar, porque de eso sí sé, del miedo. Miedo a quedarte sin trabajo, a cometer un traspié, a opinar demasiado y a hacerlo sobre lo que no debes. Muchos de los que somos periodistas habremos trabajado, en alguna u otra ocasión, en algún medio que no contempla la posibilidad de que sus empleados sean, antes que nada, personas. Personas con afectos y simpatías para otros medios, sin que por ello eso sea motivo de falta de profesionalidad. La lealtad mal entendida, en definitiva.

Que en nuestro país hay menos libertad de prensa es un hecho tan evidente como que el motivo principal es ese miedo del que os hablo. Hemos visto caer a cientos de medios en los últimos años. Y ante la amenaza real de perder un empleo, se crea la necesidad de intentar contentar, de vender la dignidad a cambio de un sueldo, en la mayoría de los casos, deprimente.

¿Y cómo se lucha contra eso? Creo que es imposible. Porque la pérdida de dignidad puede venir disfrazada de mil formas diferentes y la consecuencia siempre será la precariedad laboral y la falta de criterio. Y en este punto me acuerdo de muchos becarios que aceptaban lo que nunca jamás debía aceptarse para lograr un puesto de trabajo, y también la resignación de la gran mayoría de compañeros ante los retrasos injustificados o las ruedas de prensa sin preguntas.

Decía que es imposible porque yo ya lo he vivido. He escuchado a muchos periodistas lamentarse, de criticar a espaldas para terminar sometiéndose. Y ojo, no soy mejor que ellos. Porque es mucho más sencillo defender tus ideas y mostrarte orgullosa cuando no tienes una familia a la que mantener o una hipoteca que pagar. Es muy sencillo especular con los temores de un trabajador.

No había nada para celebrar en el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Pero sí creo que hay mucho por reivindicar, que son necesarios pequeños gestos para poder terminar la jornada laboral con la sensación del deber cumplido tras intentar, al menos, ser mejores periodistas de lo que fuimos ayer.

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