Que hay gente

Por @Mari_Polin

“María, ya, que hay gente”. Esas palabras llevan machacándome el cerebro durante varios días. Una estructura sencilla: “María, ya, que hay gente” con un significado tan terrorífico.

Para los que desconozcan cuál es el origen de “María, ya, que hay gente” les hago un pequeño resumen: una menor (13 años) es denunciada ante la Fiscalía de Menores por una paliza a otra menor (15 años) en presencia de otras menores en Sabadell (Barcelona). Una de estas asistentes al grotesco espectáculo es la autora de la ya famosa frase “María, ya que hay gente”.

Los que lean este texto puede que crean que me he olvidado de la agresora. Nada más lejos de la realidad. Veo con horror el vídeo (subido en Youtube por los allí presentes) y me asombra comprobar hasta qué punto el mundo ha degenerado. Pero lo que me paraliza no es la agresión sino la actitud del resto. Ese es el verdadero espectáculo dantesco y no los gritos de la pobre chica agredida.

Imagino una escena en la que varios ojos se vuelven a comprobar de dónde provienen esos alaridos de dolor. Todos esos ojos no hacen nada sino continuar observando la paliza. Hay otros ojos que se dedican a grabar con sus móviles toda esa escena que les hablo. Unos ojos que tampoco hacen nada por aliviar el dolor y la humillación ajena. Todas esas miradas son igual de culpables que la agresora.

El “María, ya, que hay gente” es el reflejo perfecto de esta sociedad. No puedo evitar recordar ese capítulo de la serie ‘Black Mirror”. Un capítulo que causó en mí una desagradable sensación. La misma que he sentido desde que escuché ese “María, ya, que hay gente”.

¿Cómo es posible que todos esos ojos sean cómplices de semejante crueldad? Y muchos de estos ojos igual serán los mismos que viendo películas como ‘Doce años de esclavitud’ piensen: “Ay, qué historia tan dura, cómo puede haber gente tan mala”. Sin reparar en que no son mejores de los malos de esa película o de cualquiera que muestre la barbarie humana.

Noticias como las de Sabadell me causan asco pero también muchísimo temor de que yo misma acabe viendo como normales comportamientos que, en ningún caso, lo son. Que a mí misma me falte el valor y me acabe convirtiendo en una de esas miradas impávidas ante el sufrimiento.

“María, ya, que hay gente”. Cinco palabras que no me dejan dormir.

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