A vueltas con Pedro J. (o el caso del cazador cazado)

Pedro J. Ramírez despidiéndose de la redacción de El Mundo / Foto: María Cuñado

Pedro J. Ramírez despidiéndose de la redacción de El Mundo / Foto: María Cuñado

Por @LOrtizGomez

Dos frases llevan rondando mi cabeza desde que ayer conociera la salida de Pedro J. Ramírez de la dirección del diario El Mundo. La primera, por empezar sin rodeos, la que dirigía a un auditorio lleno de chavales de 18 años en su primer día en la facultad de Periodismo, allá por el 2001, el profesor Javier López Villanueva, quien sería el coco del primer cuatrimestre con aquella, ya mítica, asignatura de Estructura de la Comunicación: “En estas carreras os hacéis vagos y eso Pedro J. lo sabe”. Pedro J. como ente, como persona que todo lo puede, como ese que nos tenía que dar trabajo… que buenos tiempos aquellos, en los que hablábamos de la crisis de los medios y del periodismo sin llegar a imaginarnos el monstruo en el que se convertiría.

La segunda frase es la que le dedica Iñaki Gabilondo en su libro ‘El fin de una época. Sobre el oficio de contar las cosas’. Gabilondo asegura que “Pedro J. Ramírez hubiera podido ser el mejor periodista del país si se hubiera dedicado a este oficio, pero se ha dedicado a otro: al oficio de querer mandar sin presentarse a las elecciones”. Pedro J., el hombre, ambicioso hasta la médula, amante del poder, siempre fiel a una sola cosa: sus intereses.

Reconozco que siempre me ha caído simpático (no sé si por sus corbatas, por los tirantes o por eso de que fue capaz de crear un diario de tirada nacional como El Mundo en una época convulsa) a pesar de sus idas de olla, sus teorías de la conspiración y de tener demasiado poder para ser un narrador de historias… Y ahora, cuando intento seguir adelante con este post, que nunca pensé que escribiría, me viene a la mente otra sentencia “quien a hierro mata, a hierro muere”. Pedro J. Ramírez ha sido víctima de sus filias y sus fobias, de su obsesión por ser el primer periodista español en tumbar un Gobierno, señalando con el dedo sobre la llaga de sus corruptelas… (No era esta la primera vez que lo intentaba)

Pedro J., sin saberlo, firmó su salida de El Mundo el día en que decidió volver a escribir, salir en tropel con los papeles de Bárcenas y los mensajes entre el ex tesorero y Rajoy. Algún interés tendría, no seré yo quien lo niegue, pero lo cierto es que el diario que hasta ayer dirigía ha visto como desde aquel momento todo han sido desplantes por parte del Gobierno y los que más duelen no son los gestuales (como el de dejar al enviado especial de El Mundo fuera de la comparecencia de Rajoy con Obama en la Casa Blanca) si no los económicos, precisamente cuando el grupo en el que se encuadra El Mundo no vive su mejor momento.

De una forma u otra ha sido el Gobierno el que ha tumbado a Pedro J. Ramírez. Un Gobierno que ha demostrado su desprecio hacia la libertad de prensa, muestras ha dado varias, y que no ha soportado ver las vergüenzas de su partido en portada un día sí y otro también. Un Gobierno, dirigido por Rajoy, que ha decidido cortar por lo sano y pedir la cabeza del cazador cazado. En manos de Unidad Editorial ha estado dársela y, finalmente, no ha sido Pedro J. el que ha hundido a un Gobierno si no el Ejecutivo el que ha hundido a Pedro J. Y ahora que lo disfracen de lo que quieran. Qué pena, que tristeza que en mi país los Gobiernos tengan la potestad de decidir quien puede dirigir un medio y quien no. No era esto lo que yo soñaba aquel día en que me enteré que Pedro J. sabía que en estas carreras nos hacíamos vagos.

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Un comentario en “A vueltas con Pedro J. (o el caso del cazador cazado)

  1. Sí, es triste que un Gobierno pueda tumbar un medio, pero también que los medios estén en manos de multinacionales petroleras, armamentísticas, inmobiliarias con cualquier otro interés ajeno al de informar honestamente. A mí no me cae bien Pedro Jota. Como bien dices, Pedro Jota no es un periodista, sino un hombre de poder que tenía todo un periódico nacional como órgano de propaganda al servicio de sus intereses. Si tocaba estar con el PP se estaba con el PP, si tocaba mentir se mentía y si tocaba hundir al Gobierno pues se hundía. Un William Randolph Hearst moderno. La catadura moral de Pedro Jota no es distinta a la de aquellos que han pedido -y conseguido al parecer- su cabeza. Se trata de una lucha entre gigantes, entre poderosos, entre millonarios. Un abrazo Laura, encantado de volver a debatir de nuestro tema estrella xD.

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